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Sinopsis |
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Este libro no debería faltar ni en las bibliotecas de las cocineras y los cocineros ni en la de ningún científico que ame la cocina. Robert L. Wolke introduce en el universo de las leyes físicas y químicas de fenómenos cotidianos. Esta vez se trata de un excelente compendio de respuestas a todas las cuestiones relacionadas con los alimentos que consumimos, tanto los ya preparados como los que cocinamos en casa.
Si alguna vez se preguntó por qué es roja la carne roja, si tuvo dudas sobre lo que aportan los huesos a un caldo, si des confió de lo que puede hacer el glutamato monosódico a los alimentos, si aún sospecha sobre lo que hacen y no hacen los microondas a su comida, entre otras muchas cosas, y si está dispuesto a aprender pequeños trucos y a desmitificar antiguos mitos sobre los alimentos y su elaboración, entonces este libro ha de pasar por sus manos... y por su cocina.
Todo lo que plantea Wolke nos ayuda a delatar muchos lugares comunes y especulaciones que, a menudo, conducen a equívocos poco tolerables, ya que, como dice el refrán, “con las cosas de comer no se juega”, aunque el autor sí juegue a hacernos accesible, comprensiva, amena y divertida la información científica que ofrece.
Este libro desentraña la «magia» que se produce en las cocinas con unas explicaciones sencillas y un lenguaje directo que capturan al lector y convierten este riguroso material científico en algo entre tenido. Además, Wolke incorpora unas sencillas recetas de cocina poco corrientes elaboradas por su esposa, Marlene Parrish, una profesional de la alimentación. Dichas recetas han sido creadas especialmente para ilustrar los principios que se explican en el texto.
Índice: Introducción – Una dulce conversación – La sal de la tierra – La grasa del terruño – La química en la cocina – Forraje y oleaje – Hielo y fuego – Provisiones líquidas – Esos misteriosos microondas – Utensilios y tecnología – Palabra clave – Lecturas recomendadas. |
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Comentarios |
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Obras del mismo autor:
Lo que Einstein no sabía.
Lo que Einstein le contó a su barbero. |
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